Carnestolendas según Sebastián de Covarrubias Orozco

lunes 8 de febrero de 2010 | |

Según dice Sebastián de Covarrubias Orozco en su "Tesoro de la lengua castellana o española", CARNESTOLENDAS, quiere decir abstinencia de carnes, y a esta causa se corren entonces los gallos, que son muy lascivos, para (por) significar la lujuria, que debe ser reprimida en todo tiempo, y especialmente en cuaresma; conforme a lo que el profeta Joel dice en el capítulo 2. 'Salga de su cama el esposo, y la esposa de su tálamo'


¡ah ladrón Ginesillo, deja mi prenda, suelta mi vida, no te empaches con mi descanso, deja mi asno, deja mi regalo, huye puto, auséntate ladrón, y desampara lo que no es tuyo!

sábado 6 de febrero de 2010 | |

Mientras esto pasaba vieron venir por el camino donde ellos iban a un hombre caballero sobre un jumento, y cuando llegó cerca les pareció que era un gitano; pero Sancho Panza, que do quiera que vía asnos se le iban los ojos y el alma, apenas hubo visto al hombre cuando conoció que era Ginés de Pasamonte, y por el hilo del gitano sacó el ovillo de su asno, como era la verdad, pues era el rucio sobre que Pasamonte venía, el cual por no ser conocido y por vender el asno se había puesto en traje de gitano, cuya lengua y otras muchas sabía muy bien hablar como si fueran naturales suyas. Viole Sancho y conociole, y apenas le hubo visto y conocido cuando a grandes voces le dijo: ¡ah ladrón Ginesillo, deja mi prenda, suelta mi vida, no te empaches con mi descanso, deja mi asno, deja mi regalo, huye puto, auséntate ladrón, y desampara lo que no es tuvo! No fueron menester tantas palabras ni baldones, porque a la primera saltó Ginés, y tomando un trote que parecía carrera, en un punto se ausentó y alejó de todos. Sancho llegó a su rucio, y abrazándole le dijo: ¿cómo has estado, bien mío, rucio de mis ojos, compañero mío? y con esto le besaba y acariciaba como si fuera persona, el asno callaba, y se dejaba besar y acariciar de Sancho sin responderle palabra alguna. Llegaron todos, y diéronle el parabién del hallazgo del rucio, especialmente don Quijote, el cual le dijo que no por eso anulaba la póliza de los tres pollinos. Sancho se lo agradeció. (Cap. XXX)

Primeramente quiero que vuestras mercedes sepan, señores míos, que a mí me llaman...

jueves 4 de febrero de 2010 | |


y detúvose aquí un poco, porque se le olvidó el nombre que el cura le había puesto; pero él acudió al remedio, porque entendió en lo que reparaba, y dijo: No es maravilla, señora mía, que la vuestra grandeza se turbe y empache contando sus desventuras, ellas suelen ser tales, que muchas veces quitan la memoria a los que maltratan, de tal manera, que aun de sus mismos nombres no se les acuerda, como han hecho con vuestra gran señoría, que se ha olvidado que se llama la princesa Micomicona, legítima heredera del gran reino Micomicón; y con este apuntamiento puede la vuestra grandeza reducir ahora fácilmente a su lastimada memoria todo aquello que contar quisiere. Así es la verdad, respondió la doncella, y desde aquí adelante creo que no será menester apuntarme nada, que yo saldré a buen puerto con mi verdadera historia la cual es que: El rey, mi padre, que se llamaba Tinacrio el Sabidor, fue muy docto en esto que llaman el arte mágica, y alcanzó por su ciencia que mi madre, que se llamaba la reina Jaramilla, había de morir primero que él, y que de allí a poco tiempo él también había de pasar desta vida, y yo había de quedar huérfana de padre y madre; pero decía él que no le fatigaba tanto esto, cuanto le ponía en confusión saber por cosa muy cierta, que un descomunal gigante, señor de una grande ínsula que casi alinda con nuestro reino, llamado Pandafilando de la fosca vista (porque es cosa averiguada que aunque tiene los ojos en su lugar y derechos, siempre mira al revés como si fuese bizco, y esto lo hace él de maligno, y por poner miedo y espanto a los que mira), digo, que supo, que este gigante en sabiendo mi orfandad había de pasar con grande poderío sobre mi reino, y me lo había de quitar todo sin dejarme una pequeña aldea donde me recogiese, pero que podía excusar toda esta ruina y desgracia si yo me quisiese casar con él; mas a lo que él entendía, jamás pensaba que me vendría a mí en voluntad de hacer tan desigual casamiento; y dijo en esto la pura verdad, porque jamás me ha pasado por el pensamiento casarme con aquel gigante, ni con otro alguno por grande ni desaforado que fuese. Dijo también mi padre, que después que él fuese muerto, y viese yo que Pandafilando comenzaba a pasar sobre mi reino, que no aguardase a ponerme en defensa, porque sería destruirme, sino que libremente le dejase desembarazado el reino, si quería excusar la muerte y total destrucción de mis buenos y leales vasallos, porque no me había de ser posible defenderme de la endiablada fuerza del gigante; sino que luego con algunos de los míos me pusiese en camino de las Españas, donde hallaría el remedio de mis males hallando un caballero andante, cuya fama en este tiempo se extendería por todo este reino, el cual se había de llamar, si mal no me acuerdo, don Azote o don Gigote, don Quijote diría, señora, dijo a esta sazón Sancho Panza, o por otro nombre el caballero de la Triste Figura. Así es la verdad, dijo Dorotea: Dijo más, que había de ser alto de cuerpo, seco de rostro, y que en el lado derecho debajo del hombro izquierdo, o por allí junto, había de tener un lunar pardo con ciertos cabellos a manera de cerdas. (Cap. XXX)

la cual apeándose con grande desenvoltura, se fue a hincar de rodillas ante las de don Quijote, y aunque él pugnaba por levantarla, ella sin levantarse le fabló en esta guisa:

miércoles 3 de febrero de 2010 | |

De aquí no me levantaré, oh valeroso y esforzado caballero, fasta que la vuestra bondad y cortesía me otorgue un don, el cual redundará en honra y prez de vuestra persona, y en pro de la más desconsolada y agraviada doncella que el sol ha visto: y si es que el valor de vuestro fuerte brazo corresponde a la voz de vuestra inmortal fama, obligado estáis a favorecer la sin ventura que de tan lueñas tierras viene, al olor de vuestro famoso nombre, buscándoos para remedio de sus desdichas.
No os responderé palabra, fermosa señora, respondió don Quijote, ni oiré más cosa de vuestra facienda fasta que os levantéis de tierra. No me levantaré, señor, respondió la afligida doncella, si primero por la vuestra cortesía no me es otorgado el don que pido. Yo vos lo otorgo y concedo, respondió don Quijote, como no se haya de cumplir en daño o mengua de mi rey, de mi patria, y de aquella que de mi corazón y libertad tiene la llave. No será en daño ni en mengua de lo que decís, mi buen señor, replicó la dolorosa doncella: y estando en esto, se llegó Sancho Panza al oído de su señor, y muy pasito le dijo: Bien puede vuestra merced, señor, concederle el don que pide, que no es cosa de nada, sólo es matar a un gigantazo, y ésta que lo pide es la alta princesa Micomicona, reina del gran reino Micomicón de Etiopía. Sea quien fuere, respondió don Quijote, que yo haré lo que soy obligado y lo que me dicta mi conciencia conforme a lo que profesado tengo; y volviéndose a la doncella dijo: La vuestra gran fermosura se levante, que yo le otorgo el don que pedirme quisiere. Pues el que pido es, dijo la doncella, que la vuestra magnánima persona se venga luego conmigo donde yo le llevare, y me prometa que no se ha de entremeter en otra aventura ni demanda alguna hasta darme venganza de un traidor que contra todo derecho divino y humano me tiene usurpado mi reino. Digo que así lo otorgo, respondió don Quijote; y así podéis, señora, desde hoy más des echar la melancolía que os fatiga, y hacer que cobra nuevos bríos y fuerzas vuestra desmayada esperanza, que con la ayuda de Dios y la de mi brazo vos os veréis presto restituida en vuestro reino, y sentada en la silla de vuestro antiguo y grande estado, a pesar y a despecho de los follones que contradecirlo quisieren; y manos a la labor, que en la tardanza dicen que suele estar el peligro.
La menesterosa doncella pugnó con mucha porfía por besarle las manos; mas don Quijote, que en todo era comedido y cortés caballero, jamás lo consintió; antes la hizo levantar y la abrazó con mucha cortesía y comedimiento, y mandó a Sancho que requiriese las cinchas a Rocinante, y le armase luego al punto. Sancho descolgó las armas que como trofeo de un árbol estaba pendientes y requiriendo las cinchas, en un punto armó a su señor, el cual viéndose armado dijo: Vamos de aquí en el nombre de Dios a favorecer a esta gran señora. Estábase el barbero aún de rodillas teniendo gran cuenta de disimular la risa, y de que no se le cayese la barba, con cuya caída quizá quedaran sin conseguir su buena intención; y viendo que ya el don estaba concedido, y la diligencia con que don Quijote se alistaba para ir a cumplirle, se levantó y tomó de la mano a su señora, y entre los dos la subieron en la mula. Luego subió don Quijote sobre Rocinante, y el barbero se acomodó en su cabalgadura, quedándose Sancho a pie, donde de nuevo se le renovó la pérdida del rucio con la falta que entonces le hacía; mas todo lo llevaba con gusto por parecerle que ya su señor estaba puesto en camino y muy a pique de ser emperador; porque sin duda alguna pensaba que se había de casar con aquella princesa, y ser por lo menos rey de Micomicón. Sólo le daba pesadumbre el pensar que aquel reino era en tierra de negros, y que la gente que por sus vasallos le diesen habían de ser negros todos; a lo cual dio luego en su imaginación un buen remedio, y díjose a sí mismo: ¿Qué se me da a mí que mis vasallos sean negros? ¿Habrá más que cargar con ellos y traerlos a España donde los podré vender y adonde me los pagarán de contado, de cuyo dinero podré comprar algún título o algún oficio con que vivir descansado todos los días de mi vida? No sino dormíos, y no tengáis ingenio ni habilidad para disponer de las cosas, y para vender treinta o diez mil vasallos en dácame esas pajas: por Dios que los he de volar chico, con grande, o corno pudiere, y que por negros que sean los he de volver blancos o amarillos; llegaos que me mamo el dedo. Con esto andaba tan solícito y tan contento, que se le olvidaba la pesadumbre de caminar a pie. (Cap. XXIX)

Tornola a decir Sancho, otras tres veces, y, otras tantas volvió a decir otros tres mil disparates

martes 2 de febrero de 2010 | |

No poco gustaron los dos de ver la buena memoria de Sancho Panza, y alabáronsela mucho, y le pidieron que dijese la carta otras dos veces, para que ellos ansimismo la tomasen de memoria para trasladalla a su tiempo. Tornola a decir Sancho, otras tres veces, y, otras tantas volvió a decir otros tres mil disparates; tras esto contó asimismo las cosas de su amo; pero no habló palabra acerca del manteamiento que le había sucedido en aquella venta, en la cual rehusaba entrar: dijo también como su señor en trayendo que le trajese buen despacho de la señora Dulcinea del Toboso, se había de poner en camino a procurar como ser emperador, o por lo menos monarca, que así lo tenían concertado entre los dos, y era cosa muy fácil venir a serlo según era el valor de su persona y la fuerza de su brazo: y que en siéndolo le había de casar a él porque ya sería viudo, que no podía ser menos, y le había de dar por mujer a una doncella de la emperatriz, heredera de un rico y grande estado de tierra firme, sin ínsulos ni ínsulas, que ya no las quería. Decía esto Sancho con tanto reposo, limpiándose, de cuando en cuando, las narices, y con tan poco juicio, que los dos se admiraron de nuevo, considerando cuán vehemente había sido la locura de don Quijote, pues había llevado tras si el juicio de aquel pobre hombre. No quisieron cansarse en sacarle del error en que estaba, pareciéndoles que no le dañaba nada la conciencia, mejor era dejarle en él, y a ellos les sería de más gusto oír sus necedades; y así le dijeron que rogase a Dios por la salud de su señor, que cosa contingente y muy agible era venir con el discurso del tiempo a ser emperador, como él decía, o por lo menos arzobispo u otra dignidad equivalente. A lo cual respondió Sancho: Señores, si la fortuna rodease las cosas de manera que a mi amo le viniese en voluntad de no ser emperador, sino de ser arzobispo, querría yo saber ahora qué suelen dar los arzobispos andantes a sus escuderos. Suélenles dar, respondió el cura algún beneficio simple o curado, o alguna sacristanía, que les vale mucho de renta rentada, amén del pie de altar que se suele estimar en otro tanto. Para esto será menester, replicó Sancho, que el escudero no sea casado, y que sepa ayudar a misa por lo menos; y si esto es así, desdichado yo, que soy casado, y no sé la primera letra del A. B. C.; ¿qué será de mí, si a mi amo le da antojo de ser arzobispo y no emperador, como es uso y costumbre de los caballeros andantes? No tengáis pena, Sancho amigo, dijo el barbero, que aquí rogaremos a vuestro amo, y se lo aconsejaremos, y aun se lo pondremos en caso de conciencia, que sea emperador y no arzobispo, porque le será más fácil a causa de que él es más valiente que estudiante. Así me ha parecido a mí, respondió Sancho, aunque sé decir que para todo tiene habilidad lo que yo pienso hacer de mi parte es rogarle a nuestro Señor que le eche a aquellas partes donde él más se sirva y a donde a mí más mercedes me haga. Vos lo decís como discreto, dijo el cura, y lo haréis como buen cristiano; más lo que ahora se ha de hacer, es dar orden como sacar a vuestro amo de aquella inútil penitencia que decís, que queda haciendo; y para pensar el modo que hemos de tener, y para comer, que ya es hora, será bien que nos entremos en esta venta. Sancho dijo que entrasen ellos, que él esperaría allí fuera, y que después les diría la causa por qué no entraba ni le convenía entrar en ella; mas que les rogaba que le sacasen allí algo de comer, que fuese cosa caliente, y asimesmo cebada para Rocinante. Ellos se entraron y le dejaron, y de allí a poco el barbero le sacó de comer.
Después, habiendo bien pensado entre los dos el modo que tendrían para conseguir lo que deseaban, vino el cura en un pensamiento muy acomodado al gusto de don Quijote, y para lo que ellos querían, y fue que dijo al barbero que lo que había pensado era que él se vestiría en hábito de doncella andante, y que él procurase ponerse lo mejor que pudiese como escudero; y que así irían a donde don Quijote estaba, fingiendo ser ella una doncella afligida y menesterosa; y le pediría un don, el cual él no podría dejársele de otorgar como valeroso caballero andante, y que el don que le pensaba pedir era que se viniese con ella donde ella le llevase, a desfacelle un agravio que un mal caballero le tenía fecho, y que le suplicaba ansimesmo que no la mandase quitar su antifaz, ni la demandase cosa de su facienda fasta que la hubiese fecho derecho de aquel mal caballero; y que creyese sin duda, que don Quijote vendría en todo cuanto le pidiese por este término, y que desta manera le sacarían de allí, y le llevarían a su lugar, donde procurarían ver si tenía algún remedio su extraña locura. (Cap. XXVI)

¿dígame, señor licenciado, aquel del caballo no es Sancho Panza, el que dijo el ama de nuestro aventurero que había salido con su señor por escudero?

lunes 1 de febrero de 2010 | |

Y fue que en saliendo al camino real se puso en busca del Toboso, y otro día llegó a la venta donde le había sucedido la desgracia de la manta; y no la hubo bien visto, cuando le pareció que otra vez andaba en los aires, y no quiso entrar dentro, aunque llegó a la hora en que lo pudiera y debiera hacer por ser la del comer, y llevar en deseo de gustar algo caliente, que había grandes días que todo era fiambre. Esta necesidad le forzó a que llegase junto a la venta todavía dudoso si entraría o no; y estando en esto salieron de la venta dos personas, que luego le conocieron, y dijo el uno al otro: ¿dígame, señor licenciado, aquel del caballo no es Sancho Panza, el que dijo el ama de nuestro aventurero que había salido con su señor por escudero? Sí es, dijo el licenciado, y aquel es el caballo de nuestro don Quijote, y conociéronle tan bien como que eran aquéllos el cura y el barbero de su mismo lugar, y los que hicieron el escrutinio y auto general de los libros, los cuales así como acabaron de conocer a Sancho Panza y a Rocinante, deseosos de saber de don Quijote, se fueron a él, y el cura le llamó por su nombre, diciéndole: Amigo Sancho Panza, ¿adónde queda vuestro amo? Conocioles luego Sancho Panza, y determinó de encubrir el lugar y la suerte dónde y cómo su amo quedaba; y así les respondió que su amo quedaba ocupado en cierta parte y en cierta cosa que le era de mucha importancia, la cual él no podía descubrir por los ojos que en la cara tenía. No, no, dijo el barbero, Sancho Panza, si vos no nos decís dónde queda, imaginaremos, como ya imaginamos, que vos le habéis muerto y robado, pues venís encima de su caballo; en verdad que nos habéis de dar el dueño del rocín, o sobre eso morena. No hay para qué conmigo amenazas, que yo no soy hombre que robo ni mato a nadie; a cada uno mate su ventura o Dios que le hizo: mi amo queda haciendo penitencia en la mitad de esta montaña muy a su sabor: y luego de corrida y sin parar, les contó de la suerte que quedaba, las aventuras que le habían sucedido, y como llevaba la carta a la señora Dulcinea del Toboso, que era la hija de Lorenzo Corchuelo, de quien estaba enamorado hasta los hígados.

Quedaron admirados los dos de lo que Sancho Panza les contaba; y aunque ya sabían la locura de don Quijote y el género della, siempre que la oían se admiraban de nuevo: pidiéronle a Sancho Panza que les enseñase la carta que llevaba a la señora Dulcinea del Toboso. Él dijo que iba escrita en mi libro de memoria, y que era orden de su señor que la hiciese trasladar en papel en el primer lugar que llegase; a lo cual dijo el cura que se la mostrase, que él la trasladaría de muy buena letra. Metió la mano en el seno Sancho Panza buscando el librillo; pero no le halló, ni le podía hallar, si le buscara hasta ahora, porque se había quedado don Quijote con él, y no se le había dado, ni a él se le acordó de pedírsele. Cuando Sancho vio que no hallaba el libro fuésele parando mortal el rostro, y tornándose a tentar todo el cuerpo muy apriesa, tornó a echar de ver que no le hallaba, y sin más ni más se echó entrambos puños a las barbas, y se arrancó la mitad dellas, y luego apriesa y sin cesar se dio media docena de puñadas en el rostro y en las narices que se las bañó todas en sangre. Visto lo cual por el cura y el barbero le dijeron que qué le había sucedido que tan mal se paraba. ¿Qué me ha de suceder, respondió Sancho, sino el haber perdido de una mano a otra, en un instante, tres pollinos, que cada uno era como un castillo? ¿Cómo es eso?, replicó el barbero. He perdido el libro de memoria, respondió Sancho, donde venía la carta para Dulcinea, y una cédula firmada por mi señor, por la cual mandaba que su sobrina me diese tres pollinos de cuatro o cinco que estaban en casa, y con esto les contó la pérdida del rucio. Consolole el cura, y díjole que en hallando a su señor, él le haría revalidar la manda, y que tornase a hacer la libranza en papel, como era uso y costumbre, porque las que se hacían en libros de memoria jamás se acetaban y cumplían. Con esto se consoló Sancho, y dijo que como aquello fuese así, que no le daba mucha pena la pérdida de la carta de Dulcinea, porque él la sabía casi de memoria, de la cual se podría trasladar dónde y cuándo quisiesen. Decidla, Sancho, pues, dijo el barbero, que después la trasladaremos. Parose Sancho Panza a rascar la cabeza para traer a la memoria la carta, y ya se ponía sobre un pie, ya sobre otro; unas veces miraba al suelo, otras al cielo, y al cabo de haberse roído la mitad de la yema de un dedo, teniendo suspensos a los que esperaban que ya la dijese, dijo al cabo de grandísimo rato: Por Dios, señor licenciado, que los diablos lleven la cosa que se me acuerda, aunque en el principio decía: Alta y sobajada señora. No dirá, dijo el barbero, sobajada, si no sobrehumana, soberana señora. Así es, dijo Sancho: luego, si mal no me acuerdo, proseguía: el llagado y falto de sueño, y el ferido besa a vuestra merced las manos, ingrata y muy desconocida hermosa; y no sé qué decía de salud y de enfermedad que le enviaba, y por aquí iba escurriendo hasta que acababa en: Vuestro hasta la muerte el caballero de la Triste Figura. (Cap. XXVI)

Que trata de las extrañas cosas que en Sierramorena sucedieron al valiente caballero de la de Mancha, y de la imitación que hizo a la penitencia de Beltenebrós

domingo 31 de enero de 2010 | |

Así lo haré, respondió Sancho Panza, y cortando algunas pidió la bendición a su señor, y no sin muchas lágrimas de entrambos se despidió dél; y subiendo sobre Rocinante, a quien don Quijote encomendó mucho, y que mirase por él, como por su propia persona, se puso en camino del llano, esparciendo de trecho a trecho los ramos de la retama como su amo se lo había aconsejado; y así se fue aunque todavía le importunaba don Quijote que le viese siquiera hacer dos locuras. ¡Mas no hubo andado cien pasos cuando volvió y dijo: Digo, señor, que vuestra merced ha dicho muy bien, que para que pueda jurar sin cargo de conciencia que le he visto hacer locuras, será bien que vea siquiera una, aunque bien grande la he visto en la quedada de vuestra merced. ¿No te lo decía yo?, dijo don Quijote: espérate; Sancho, que en un credo las haré: y desnudándose con toda priesa los calzones, quedó en carnes y en pañales, y luego, sin más ni más dio dos zapatetas en el aire, y dos tumbas la cabeza abajo y los pies en alto, descubriéndose cosas que por no verlas otra vez, volvió Sancho la rienda a Rocinante, y se dio por contento y satisfecho de que podía jurar que su amo quedaba loco; y así le dejaremos ir su camino hasta la vuelta, que fue breve. (Cap. XXV)